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La familia Obama llega a Marbella gracias a conGestión de Personas {off topic}

La familia Obama llega a Marbella {Málaga} este miércoles a pasar unos días de asueto. Se cifra en 800 millones el impacto mediático, 660 las televisiones, 2100 medios digitales, 900 radios, 950 revistas generales y 900 del corazón. Ya hay un gran cartel, el de la derecha, dando la bienvenida.

El dueño del hotel, frotándose las manos (supongo), ha incidido en el buen hacer del sector hotelero de la zona, clave para salir del hoyo, pero no de golf, en el que los enterró los gestores municipales de épocas anteriores ya superadas. También barre para dentro y comenta que “cuando hicimos el Villa Padierna decían que era una inversión demasiado alta, pero gracias a hoteles como éste podemos seguir contando con personalidades como los Obama».

Desde el PSOE se dice que vienen por las buenas relaciones que tiene nuestro país con el suyo y el PP, por su parte, dice que Obama no viene por nada de eso: están aquí gracias a que Marbella ha mejorado mucho desde que ellos gobiernan la ciudad.

Yo sonrío…

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El día que dejé de tener criterio musical y el día siguiente, que volvió {off topic}

Ayer, nada más finalizar un concierto, una amiga me preguntó si me había gustado. Reconozco que el lugar era más que adecuado, que la compañía me encantaba y que, en definitiva, me sentí mejor que bien. Sin embargo las canciones no lograron despertarme de ese cautivador y agradable entumecimiento generado por el contexto en el que me encontraba: no encendieron ninguna pasión oculta, ni desenmascararon algún atisbo de locura transitoria que hiciera desestabilizarme por un rato. Todo lo más, algún movimiento descoordinado de piernas. Y es que el cantante era italiano, y en italiano cantaba. Yo de italiano, nada de nada.

Me hicieron la pregunta, ya digo, de si me había gustado el concierto, pero yo ya me la había respondido antes, cuando el reloj marcaba que debían ser las últimas piezas y yo no tenía claro si aquello me había contentado o no. Mi respuesta fue que, realmente, no tenía criterio como para opinar sobre música. Y es que nunca tuve la inquietud de ir más allá de la música comercial que se encarga de acercarnos la industria cultural, ni he investigado grupos nuevos, ni me he hecho fan de nadie, musicalmente hablando. Si me preguntan que si me ha gustado un concierto de un grupo que escucho por primera vez en mi vida, que si creo que es bueno o no… pues qué quieres que te diga, que no lo sé.

Me gusta la música tanto como a muchos otros, aunque reconozco que el verbo gustar (o cualquiera de sus sinónimos y antónimos) no acierta a describir los inconscientes estados afectivos que se generan cuando participo de un concierto en directo. La música me gusta en tanto la comparto con otros en ambientes sociales, me gusta en tanto me complementa en un espacio de soledad, me gusta en tanto me facilita la carrera continua cuando hago footing. Pero responder que si me gusta o no un concierto, de manera que mi respuesta pueda ser un juicio valorativo sobre el grupo en sí… Uf, prefería no opinar.  Lo cierto, ya digo, es que la hora y algo que duró aquello no generó nada nuevo en mí. Pero es que pensaba que esa insensibilidad se debía a que, realmente,  no tenía criterio musical para responder. Ir y estar en el concierto me gustó pero, ¿el concierto en sí? No, no, no podía responder.

Aunque esa respuesta la reconocí coherente con lo que sentía, no la admitía como propia de manera completa. Más tarde, de camino a casa, conduciendo bajo una luna que dejaba de ser llena, pensaba que quizá había mentido: comencé a pensar que realmente no podía saber si me gustó o no el concierto porque había cantado en italiano y no había entendido nada de nada la letra de las canciones. Si no sé nada de la letra que oía, ¿cómo iba a poder valorar la música en su conjunto? Carecer de la capacidad de comprender a otros por el hecho de no dominar el idioma, de más joven, me trastocó algunos planes vitales. Con muchos horizontes acribillados, quise pensar que el idioma nunca sería un problema en mi vida ya que habría demasiados escenarios en mi idioma como para seguir preocupándome por ello, aunque no dejaba de ser cierto que esta venda lingüística me tenía incapacitado para algún que otro anhelo. Ay, el idioma.

Avancé algo más, con la luna cada vez más alta que ya ni se veía por el parabrisas, y llegué a pensar que daba igual el criterio musical cuando no tienes ni idea del mensaje de la canción y, por lo tanto, no había respondido de manera sincera a aquella pregunta: no me gustó el concierto porque no comprendía las letras y, así, es difícil tener una valoración justa. Me acosté esa noche convencido, lo confieso.

A la mañana siguiente, de pura casualidad, me descubrí emocionado cuando comenzaba una canción, que no estaba en mi idioma, y ponían por alguna emisora que tenía puesta en la radio del coche. Una canción que “me gustó” mucho hace tiempo y que aún ahora, al escucharla, me turba, me mueve por dentro. No sé por qué lo hace, pero lo hace. Seguramente no será la mejor canción de la historia. La cuestión es que me quedé tranquilo: sí que tengo criterio musical y, ¿el idioma? da igual: lo importante para que me guste una canción, un grupo, un concierto… es que sea capaz de administrarme impactos emocionales, difícilmente describibles, como para querer volver a escucharlo una y otra vez sin parar.

Te dejo con ella:

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