Inivitados

En busca de la felicidad

Autor: Maribel Plaza (alumna Master 07-08).

Hoy venía dispuesta, mejor dicho, totalmente decidida, a hablar de outdoortraining, a hablar de las competencias, que me ratifiqué en la opinión de que no tenía, como liderazgo, o de aquellas que he descubierto que las tengo innatas, como piquete; pero una llamada ha quebrado mi sosiego. Suena el teléfono, es mi hermana pequeña que estudia en Madrid, desde que era muy pequeña ha destacado por su inteligencia, y por una elevadísima orientación al logro (si no saca un 10 es como si no hubiera aprobado); siempre me llama llorando, porque dice que está muy agobiá, que no lo lleva todo lo bien como ella quiere, aunque al final siempre obtiene excelentes notas. Pero hoy, descuelgo el teléfono y está llorando, y presiento que hoy sus lágrimas son distintas; comienza a contarme: su mejor amiga que perdió a su madre hace 9 meses se acaba de enterar por televisión que su padre, su último familiar vivo, ha fallecido en un accidente aéreo. Él , me dice, un reputadísimo controlador aéreo. Y ella se siente fatal, egoista, materialista.

Y te das cuenta, de que te has pasado la mayor parte de tu vida luchando por “sueños”, que al final del trayecto se hicieron realidad y no te reportaron todo aquello que anhelabas.

Cuando tenía 5 años, tuve que hacer una redacción de lo que me gustaría ser cuando fuéramos mayores, todo el mundo contestó médico, astronauta, profesora, y yo escribí que yo quería ser feliz, redacción que trajo de cabeza a mi madre.

Y te das cuenta, de que no es oro todo lo que reluce, ni todas las personas que se encuentran errantes en la vida se encuentran perdidas, que todo depende de los ojos con lo que las mires; lo que ocurre, es que nos complicamos tantísimo la vida, preocupándonos por obtener aquello que no tenemos e infelices por no poder conseguirlos, que jamás apreciamos, que nuestra verdadera felicidad se encuentra en valorar lo que ya se encuentra ante nosotros o que ya poseemos…

Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias.

Porque desde que Franklin D. Roosevelt, en la Constitutión Americana proclamó que todos tenemos derecho a la búsqueda de la felicidad, la mayor parte de la gente ha identificado la felicidad con la obtención de cosas tangibles, como dinero, posesiones o con el reconocimiento de prestigio o reconocimiento profesional, sin darse cuenta de que la verdadera felicidad, se encuentra en el valor de lo intangible, en esos pequeños momentos del día, que hacen que tu vida cobre sentido, en esos momentos de la vída, en que descubres que no te encuentras solo, que esa amiga tuya está siempre ahí, que tu familia te apoya y está ahí sin condiciones.

En ese momento del día en que tu perro, si , ese animal que un día te encontraste llorando en la calle, todo sucio, y metiste en tu casa, te hace feliz ( he tardado diez años en enseñarle que me traiga la zapatilla y me ha traido la de mi hermano).

Y te das cuenta de que hay que ser feliz con lo que se tiene, mientras se persigue lo que se desea.
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Expectativas. El poder de nuestros deseos

Autor: Sergio Álvarez

Hace unos días, mientras explicaba en clase alguna teoría relacionada con la organización empresarial, y a partir de un comentario de uno de mis alumnos, volvió a salir de mí el “educador” que llevo dentro. Y en mi papel de transmisor de experiencias, percepciones y visiones de la realidad (en lo que al mundo laboral se refiere, claro) mi mente se disparó, saltó… y de repente me vi inmerso en una de esas salidas también llamadas “reality bites”.

Mi cerebro trabaja de esa manera, parece que se acerca más a lo malo que pueda pasar en un futuro y de esa manera, asegurar mi subsistencia. Se ve que mi mente se quedó en la edad de piedra, en lo que a evolución se refiere: o estabas preparado, o el animal que ibas a cazar te cazaba a ti.

Mi afán no era el de desmotivar, todo lo contrario.

Toda persona que me conoce, creo o espero que me vean como una persona enamorada y entusiasmada con el trabajo que realizo, con la vida profesional que he decidido seguir.
No sé por qué lo hago, supongo que porque siento algo parecido a la pena, mejor dicho a la sobreprotección, por estas personas jóvenes que formo en clase y que casi con toda seguridad se llevarán algún palo, y más de un simple “mal rato” cuando comiencen su trayectoria profesional. Por esto trato de evitarlo a través de una visión dura, pero aséptica del comportamiento de las empresas y los trabajadores que formamos parte de ellas.

Una vez metido en la explicación y justificación de por qué los empresarios tomamos una serie de decisiones, en muchos casos ejemplarizantes, en otros salomónicas, me di cuenta de que el brillo en los ojos de muchos mis alumnos se iba perdiendo. Comenzó a apoderarse de la clase un ambiente de tristeza contenida y desencuentro que me ha dejado pensativo, quizás hasta con sentimiento de culpabilidad.

Mi planteamiento es el siguiente (lo hago para mi, pero quizás a alguien también le pueda servir). ¿Por qué no dejar que mis alumnos, la gente con la que convivo, siga viviendo con las ilusiones que tiene? (¿Por qué no dejar de saltar y de dar mis gotitas de realidad?)
Está claro y la vida se suele encargar de vez en cuando de recordarnos que las cosas no son fáciles, que si algo puede salir mal, seguramente salga peor, como dice un tal Murphy.
Pero esta dureza de la realidad en muchas ocasiones no nos frena para que actuemos. Somos conscientes de que algo malo puede pasar, pero por ese motivo no dejamos de buscar nuevas experiencias, nuevas amistades, tener una mascota nueva, un hobby mucho más arriegado… Nuestra ilusión por encontrarlas, incluso por mantenerlas nos da una dosis de energía que nos mantiene en un punto de activación lógico y acorde con la búsqueda y consecución de nuestros retos, y de la vida que esperamos.

Si tratando de dar estas dosis de realismo y avisando a nuestros alumnos de los riesgos que van a sufrir en un futuro, estamos coartando o anulando ese punto de ilusión y expectativas positivas por el nuevo reto que se les presenta en la vida, el mundo laboral, y que tiene que ver con un tercio de su trayecto por esta carretera que se llama vida. Estamos consiguiendo un efecto secundario y totalmente contraproducente.

Dejemos que la gente se equivoque, que sufra con las malas experiencias… pero que siga manteniendo esa ilusión que hace que nos levantemos por las mañanas con ganas de ver lo que ocurre, dejemos que el mundo siga rodando.

Y por último y haciendo un guiño a la realidad política internacional, estaría bien que este artículo lo leyera ese dictadorcillo de latitudes tropicales y se dejara de buscar culpables, de transmitir miedo por el futuro, de “cuidar” de sus compatriotas (los que están de su lado, claro) de una forma tan paternalista. Y se diera cuenta de que la tierra, los países, las empresas… se mueven por la ilusión y el entusiasmo de la gente que las forma.

Así que visto lo visto, trataré de no hacerlo de nuevo. Pero si algún día mi inercia de persona crítica y realista me vuelve a jugar una mala pasada, no me dejéis hablar más, decídmelo sin miedo “Sergio, ¿por qué no te callas?…”

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Comunicación y Motivación: los eternos rivales

autor:
Jonathan Ponce de Haro (alumno Master RRHH 06/07)

A veces, justo antes de cerrar los ojos frente a la imponente llegada de la noche, recuerdo de mi niñez etapas que guardo en ese álbum personal llamado memoria. A veces, los pensamientos del pasado se me antojan vivos y repletos de significado.

Hace muchos años, hubo un día trascendental en mi etapa como futbolista. Estaba anocheciendo y jugábamos contra el parque vecino, “los eternos rivales”. No exagero si os cuento que “uno por uno” éramos tremendamente superiores, rápidos como gacelas, rudos como jugadores de Rugby, pero ese día nos faltaba el aire, la magia, esa conexión entre el trabajo realizado y resultado obtenido. Perdíamos 7-2 en campo rival y una fina lluvia apareció a la vez que los enemigos informaban: “quien llegue a 10 gana”. Plan de contingencia, reunión a la desesperada para reunificar esfuerzos. Las palabras de uno de mis compañeros fueron tatuadas aquella tarde de invierno:

“… joder… que asco de tarde, vaya paliza nos están dando, vaya cagada de partido, Ale tu no le metes gol ni al “arcoiris”, Adri pasa y no chupes más, y Jonhy, tienes el físico de Gordillo, vaya panda de idiotas, con vosotros no se puede y ya podemos irnos a dormir porque no merece la pena ni seguir jugando…”. Todos agradecimos las palabras de ánimo y emprendimos camino a la gloria.

Efectivamente, seguimos jugando, con honor, con furia, con fuerza, con una malicia descontrolada dirigida hacia la portería rival. Nunca me vi tan rápido, tan preciso, con tanta “mala leche” en el juego.

De pronto, un esférico se desliza hacia la banda derecha y me encuentro totalmente desmarcado. La pelota rueda suavemente sobre el pavimento, sólo tengo que coordinar mi posición y perforar la portería enemiga. El tiempo parece detenerse por unos instantes, llevo mi pierna hacia atrás para aumentar toda la fuerza posible, soy suficientemente hábil como para marcar desde esa posición. Lanzo el pie a una velocidad descomunal mientras pienso en el contacto del pie con el balón. Imagino a todos mis compañeros felicitándome por el golazo y sonrío mientras mi pierna se transforma en un obús.

Hace muchos años, hubo un día trascendental en mi etapa como futbolista, perdimos 10-2 contra nuestro “eterno rival”, ese día supe que ser buenos a veces no garantiza lograr el resultado esperado, supe que como futbolista no tendría grandes logros y conocí el dolor que se siente al golpear con todas las fuerzas el suelo en vez del balón.

Todo influye y en esta vida muchas veces necesitamos ese plan de contingencia, esa puesta en común de la información. Pero debemos comprender el poder de la palabra. Gastar tiempo en la construcción de una frase es perder tiempo si no se cuida el mensaje que se transmite.

A lo largo de mi vida, he aprendido que cuando algo se hace mal, aparecen las consecuencias, es inevitable. Sin embargo el “día después”, la actitud, la forma de ver la realidad es el camino que nos conducirá hacia el éxito o el fracaso. No hablo de “Positivismo”, hablo de comunicación, motivación e interés.

En el mundo empresarial se comenten errores a cada segundo, a cada instante, pero el resultado final no es consecuencia del error, es consecuencia de ese instante, de esa reacción que tenemos frente a ese obstáculo. Un compañero que reconoce un problema, no puede pretender arengar a su equipo devaluando jugador a jugador. Esta ley es básica para todo entorno, pasa exactamente lo mismo en el mundo empresarial. La comunicación, la empatía y el respeto, juegan en el equipo que la motivación.

Hace muchos años aprendí 2 cosas, nunca sería como Pelé y mi compañero nunca sería como Valdano.

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Yo de mayor quiero ser técnico de recursos humanos

Autor: Sergio Álvarez Hidalgo

Es el día del cumpleaños de nuestro hijo, nuestro sobrino… y la historia vuelve a dar una vuelta de campana y vuelve a regalarnos situaciones de estas que nos hacen sentir “dejavés” y hacernos ver que los tiempos pasan muy rápido, casi sin darnos cuenta, pero que no todo es distinto.

Los niños por un lado rodeando una mesa redonda repleta de platos con sándwiches, patatas fritas, botellas de refrescos de 2 litros, batidos de fresa y chocolate y una cubertería de plástico completísima. Al otro lado de la habitación todos los padres sentados, bebiendo en esos mismos vasos de plástico y hablando de las últimas notas de los chavales, de cómo cambian los tiempos y de lo caro que está todo.

Llegado el momento de la tarta y de celebrar el décimo cumpleaños, siempre hay alguien de los mayores que pregunta “bueno Manolito, o dinos Antoñita, ¿tu de mayor que quieres ser?, ahora que ya tienes diez años deberías saberlo… Y a esa pregunta inesperada para el cumpleañero/a le siguen unos segundos de reflexión y una respuesta trascendental y que puede dirigir el destino de esa pequeña personilla.

Quizás llegué algún día y quizás nosotros podamos verlo, en el que los niños y niñas de mayor quieran ser profesionales del sector de la consultoría, o especialistas en la gestión de trabajadores, o que sé yo, directores de un departamento de recursos humanos. Sería bonito que esto ocurriera y que de vez en cuando a los profesionales que nos dedicamos a esto nos regalaran el oído y la gente joven ambicionara parecerse a nosotros. Pero en mi humilde opinión para que esto ocurra en un futuro próximo deberían de cambiar algunas cosas.

En primer lugar, las personas que actualmente nos dedicamos a esto deberíamos ser capaces de transmitir a qué nos dedicamos, y cuando lo explicáramos, que lo hiciésemos con concreción. En mi caso, casi siempre fallo, es habitual, o más bien era; ya que últimamente he decidido dar largas y contesto que trabajo en una oficina, en una especie de asesoría…”si, si… como una asesoría pero en lugar de llevar las nóminas, nosotros organizamos cursos, seleccionamos a gente….no, n , no como Luis Aragonés, lo que nosotros hacemos es buscar trabajadores para otra empresa…”

Y al responder esto me suelen ocurrir dos cosas. La primera, que nuestro familiar siga sin enterarse de que va esto de los recursos humanos pero asienta y finja para que le dejemos de dar la brasa, u otra segunda un poco mejor intencionada pero finalmente más tendenciosa y es que nos lancen la típica pregunta de “¿y por buscar a alguien os pagan?”, o la de “¿y tu das cursos de todo?, ¿pero si tu has estudiado psicología cómo vas a dar un curso a una persona que lleva trabajando 20 años y que ya sabe todo sobre su trabajo”.

Una segunda alternativa para conseguir que nuestros niños, o los niños de nuestros niños, o los niños de los niños de nuestros niños… consiguieran conocer de qué va esto de los recursos humanos y es más, quisieran dedicarse a esto, sería transmitir entusiasmo.

Los grandes cocineros españoles que hoy en día copan todas las publicaciones y aparecen a diario en medios de comunicación serían un buen ejemplo de este entusiasmo al que me refiero. Habitualmente nos presentan novedosísimas creaciones, platos de un aspecto artístico y que en muchas ocasiones no son más que una vuelta de tuerca y un reestiling de algo que se lleva haciendo toda la vida, una tortilla de patatas (esta vez sin patatas) o una mouse de… que al final acaba siendo incomible, incluso infumable.

Pero ese gran chef cuando nos trae esa nueva creación lo hace con orgullo, con satisfacción del trabajo bien hecho y de una sensación interna, un sentimiento de la realización de algo grande.
Estaría bien que al vendernos, al hablar de nuestro trabajo lo hiciéramos con esa sonrisa y esa satisfacción. Porque lo que hacemos es importante, muy poca gente es capaz de conseguirlo y es digno de transmitirnos orgullo de nuestro desempeño. O al menos, eso pienso yo.

La tercera y última, sería clarificar qué es esto de la consultoría, esa gran desconocida… No vender tanto humo. Existe por ahí un dicho popular que dice “dime de que presumes y te diré de qué careces” y otro “el que mucho abarca poco aprieta”. En mi opinión éste es uno de los grandes males que nos afectan a los profesionales que nos dedicamos a recursos humanos. Seguimos manteniendo esa tendencia, en muchos casos asimilada desde las facultades de psicología, sociología… que hacen que tratemos de darle más importancia a nuestro trabajo, que trata de autoconvencernos de la importancia de lo psicológico, de lo social en las empresas, de nuestro ineludible papel de salvadores y conocedores de todos los ámbitos de la vida, el profesional entre ellos.

Esta tendencia tan marcada en el área de recursos humanos no es un mal únicamente nuestro, también se da en áreas y departamentos que con el paso del tiempo se hacen hueco en el mundo empresarial: marketing, comunicación, calidad…

Pero si lo pensamos un segundo nos daremos cuenta que en los departamentos de toda la vida: producción, administración, finanzas… esto no ocurre. Ellos saben a lo que se dedican, no aspiran a ampliar su campo de acción. Quizás estaría bien eso de fijarnos de la gente que ya lleva tiempo, mucho más que nosotros dedicándose al mundo empresarial y asumir que somos una parte más, una pequeña parte con sus rutinas y sus típicos procedimientos. No tratemos de vender tantas motos y de hacernos parecer imprescindibles. Nuestra indiferencia y definición de nuestros trabajos harán que con el tiempo el resto de compañeros de viaje en la gestión de empresas nos asuman como un compañero más.

Creo que estos tres consejos serían suficientes para que de forma progresiva, con el paso de los años, muy poquito a poco, las próximas generaciones nos conozcan y quieran parecerse a nosotros. Bueno, aunque ahora que lo pienso, quizás estaría bien que sigamos igual que hasta ahora, en esa nebulosa y cajón desastre en la que nos encontramos. Así habrá menos competencia y también menos gente que se quiera dedicar a esto, ¿no?

Sí, sí, quizás estaría bien que la respuesta en el cumpleaños de nuestros hijos siga siendo la de siempre. Esa en la que se gana mucho más dinero y se trabaja menos: futbolista, cantante o director de…

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Cuestión de narices

autor:
Jonathan Ponce de Haro (alumno Master RRHH 06/07)

Hace más de 10 años, en una tarde de verano me encontré con una situación desesperada. Rondaba los 13 años, y mi mente aún soñaba con los héroes de los tebeos. Jugaba en el jardín de mi barriada con un balón de fútbol, e intentaba realizar el mayor número de toques sin que el esférico cayese al suelo.

De pronto, un descuido y la pelota se aleja de mi pierna y queda suspendida en el aire durante centésimas de segundo; me acerco velozmente hacia ella y observo con curiosidad y ambición un columpio cuyos soportes son “claramente” una portería de fútbol que debo batir, antes de que el balón toque el suelo. El tiempo se detiene y mi pierna adquiere vida propia, golpeando el esférico con una fuerza que colmaba todas mis aspiraciones.
Hace más de 10 años, en una tarde de verano le rompí la nariz a una niña de unos cuatro años que se balanceaba tranquilamente en un columpio. El miedo se apoderó de mí, recé, grité, lloré, pero nadie pudo arreglar ese instante, no hubo vuelta atrás.

El mundo empresarial es tan delicado como esa “nariz rota”. Hay que procesar la información y maniobrar con velocidad pero con sumo cuidado, porque cualquier paso mal dado es un problema que no se resuelve por arte de magia. Somos conscientes de que esta Sociedad requiere una velocidad de trabajo asombrosa, y eso no significa dejar de medir bien nuestros pasos. Sin embargo somos capaces de crear nuestros propios problemas, como si de un vicio se tratase. Debería colgarse un cartel en cada empresa donde se leyese: “Tratar mal a tus empleados, perjudica seriamente la salud de su negocio”. Pese a que frecuentamos esta sociedad del conocimiento, nos negamos a cuidar la salud de nuestras empresas, o en su caso, el trato hacia nuestros compañeros. Formar parte de una organización debería ser más que cumplir con una serie de objetivos.

Hay gestos y acciones que inevitablemente se “inyectan” en el contexto empresarial en forma de “mal rollo”, “pasotismo”, “desmotivación”. Una empresa es como la preparación de un pastel, tenerlo mucho tiempo al horno lo quema inevitablemente, y luego, ni rezos, ni santos, ni milagros, Dios no acudirá a nuestra llamada. Los buenos negocios se gestionan desde la claridad, sin dejar margen a la suerte. Una empresa funciona cuando los objetivos son claros, cuando las herramientas se conocen a la perfección, cuando la comunicación y el respeto surgen desde el inicio; Sin embargo, ¿nunca habéis tenido la sensación de decir algo y arrepentiros al instante?, es inevitable, el poder de las palabras es como el balón fluctuando por el aire en busca de la portería. No sólo las acciones nos hacen errar en el tejido empresarial, la comunicación es un pilar básico, y normalmente uno de los campos de batalla donde se echan a perder más negocios.

Comunicar también es saber escuchar, atender a las peticiones de los demás, ayudar en su caso, proponer, aconsejar. Humanizar el tejido empresarial es dotar de valor humano todas las variables que aparecen en el entorno. Un e-mail, una conversación, cualquier detalle, puede favorecer el funcionamiento del negocio, o suponer una traba, y después no tendréis noticias de Dios.

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