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Posted by on 23 may, 2013 | 0 comments

Y nos creemos racionales…

Y nos creemos racionales…

Una de las paradojas que nos ofrece la historia reciente de las ciencias sociales la protagoniza Vilfredo Pareto. A este autor se le ha de considerar como un economista, dadas sus contribuciones más significativas; sin embargo, una de sus obras más importantes se trata de uno de los primeros tratados de sociología que jamás se han publicado (“Tratado de sociología general”), por lo que también se le considera sociólogo. Como tuvo interés en introducir sus averiguaciones en el día a día de su entorno, también se le considera político… y también filósofo. Bueno, tiene sentido: a finales del diecinueve y comienzos del veinte florecieron numerosos intelectuales cuyas obras ya no se separan de las bibliografías obligatorias que nos permiten entender buena parte de nuestras orientaciones políticas, económicas, sociales y psicológicas.

En ese tratado de sociología (insisto en las paradojas), para articular algunas de sus explicaciones relacionadas con el funcionamiento de las élites y las masas, acude al diseño de una suerte de teoría psicológica muy inspirada en la de su contemporáneo Freud. Pareto, para explicar cómo es el comportamiento humano en sociedad, acude a dos conceptos (cuyos nombres, la verdad, es lo de menos): residuos y derivaciones. Me valen como excusa para explorar nuevas dudas sobre cómo somos y cómo creemos ser.

Por un lado tenemos los impulsos (los residuos según Pareto). Actuamos en la mayoría de las ocasiones a partir de ahí, desde los instintos, desde esa piel sobre la que nos hemos formado y desde la que emitimos nuestras descripciones, explicaciones y juicios iniciales acerca de nuestro entorno… sin que reparemos demasiado en él. Lo interesante es que lo que decimos inicialmente sobre lo que nos rodea dice más de nosotros mismos que de lo que nos rodea.

Pareto asume que hay dos tipologías de prontos (de residuos) y que cada individuo tiende más a un extremo que al otro. Por un lado, habla de personas que están orientadas al cambio, que son curiosas, que quieren conocer cosas nuevas. Personas intelectualmente activas que buscan y exploran lo diferente, creando construcciones intelectuales de forma permanente a partir de residuos de combinaciones (que lo llama él), es decir, de una pasta hecha por instintos innovadores enfocados a transformar la realidad para mejorarla. En el otro extremo se sitúa la tendencia a que todo continúe de la misma manera, rechazando los cambios, manteniendo las construcciones intelectuales que han prevalecido hasta el momento (a partir de residuos de persistencia). No trato de sancionar el conservadurismo, ojo, porque es un comportamiento funcional: si todo (me) va bien, no necesito cambiar nada y por lo tanto, toda modificación de las condiciones actuales pueden motivar un empeoramiento de la situación.

Sea como sea, estamos ciertamente alienados respecto a nuestro modo primario de comportarnos: excesivamente condicionados por nuestra biología, asombrosamente presionados por nuestro entorno (ya sea próximo-cercano o contextual-social) y, lo que quizá es más desagradable de asumir, con unos niveles de conciencia extraordinariamente alejados del centro del procesamiento psicológico de la información de todo ello. Creemos que nuestras conductas son genuinamente libres, asépticas ante las imposiciones ajenas a nuestra voluntad, pero nada más lejos de la realidad: controlamos bien poco sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos. Tenemos poco control sobre el funcionamiento de los microchips con lo estamos fabricados en serie. Todo depende de la pasta de la que estamos hechos, de los residuos genéticos, educativos, culturales que heredamos y que continúan posándose allí, con más o menos niveles de consciencia.

Por suerte, tras esta conducta inicial impulsiva, aparecen otros comportamientos racionales, templados, sesudos, estratégicos y adaptativos con el entorno, por los cuales todavía tenemos remedio. Son las derivaciones, que diría Pareto, y constituyen todas esas racionalizaciones posteriores que tratan de explicar y dar sentido a todo lo que nos rodea. Pero lo seguimos haciendo desde esos mismos residuos innovadores o conservadores que nos caracterizan. Desde esa capacidad de raciocinio tenemos la posibilidad de reflexionar sobre nuestro propio modo de pensar y actuar para articular toda una justificación o cuestionamiento del por qué somos como somos, o mejor, por qué actuamos como actuamos. Esto último es de lo que menos hacemos: lo de cuestionarnos cosas sobre nosotros mismos.

Tratamos de conformar una identidad y sentirnos cómoda con ella. Y sí, da pereza reconocer que no nos pertenecemos demasiado y que, para apropiarnos algo más sobre nosotros mismos, tenemos que tratar de identificar permanentemente el sentido de nuestros impulsos, la orientación de nuestros residuos. Seguiremos construyendo ilusiones acerca de lo que somos y lo que podemos hacer con ello pero, siendo pragmáticos, de poco sirve todo esto.

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