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Posted by on 8 oct, 2010 | 6 comments

La suspensión de la incredulidad

La suspensión de la incredulidad

Cuando voy al cine me gusta que me manipulen, para ello he pagado mi entrada, pero odio darme cuenta en plena proyección.

Jeff Bridges

Estaba en un hotel de convenciones por motivos de trabajo. Tenía que acudir al “Encuentro Anual de Directores de Recursos Humanos” para poder justificar debidamente el desarrollo de mis conocimientos, hacia mi empresa y hacia mi curriculum. No sabía a quién me podía encontrar, no sabía qué temas se iban a tratar, no sabía muy bien, en definitiva, qué hacía allí. Pero me lo pagaban y allí debía estar.

El viaje del día anterior hacia la ciudad del Encuentro fue horroroso y aquella mañana me había despertado un poco tarde. No sé si por ese motivo, o porque realmente no me apetecía mucho la idea de que me impusieran la asistencia a esa jornada, remoloneé por el pasillo que distribuía las cuatro salas de reuniones de aquella zona del hotel, olisqueando qué otros eventos podía haber por allí. Me detuve en la última de ellas y, con cierta torpeza, miré a través de la ranura que la puerta semiabierta me regalaba. Hablaba un señor apuesto. Con voz suave, atravesando una media sonrisa en todos sus gestos, seducía al unísono las miradas y los oídos de los oyentes:

“Es como cuando vamos al cine. Cuando estamos metidos de lleno en una película dejamos pasar por alto aspectos que conocemos que pertenecen al ámbito de la ficción y los asumimos como reales. Lo hacemos de forma inconsciente”.

En el público se mezclaba gente no tan joven y jovencitos, como yo. También se  veían chaquetas de pana o pantalones vaqueros, junto a corbatas y trajes de chaqueta, como las mías. El ponente, por su parte, no se apoyaba en ningún ordenador u otros medios audiovisuales y continuaba su exposición.

“Cuando entro al cine sé perfectamente que lo que estoy a punto de ver es falso. No es real. No importa que sea ciencia ficción, un drama bélico basado en hecho reales e históricos o una comedia romántica. Sé que lo que estoy viendo es una ficción. En lugar de aplicar a esa falsedad un sentimiento de incredulidad, y verlo con unos ojos fríos y distantes, ejerzo de forma inconsciente una suspensión de la incredulidad. Pongo en suspenso mi incredulidad para ayudarme a mí mismo a meterme en la historia, comprenderla, asumirla, disfrutar de ella como si fuera real, de tal forma que los dramas me emocionen, los chistes me hagan gracia y las aventuras me hagan agarrarme al sillón y clavar las uñas. ¿Cómo, si no, podríamos seguir viendo Harry Potter si no aceptásemos que existe un mundo paralelo lleno de magia? ¿O cómo seguiríamos viendo Spiderman si nos indignásemos al comprobar que nadie de la película se da cuenta del enorme parecido que tiene el supoerhéroe con el periodista Clark Kent?”

El interés de los asistentes era cada vez mayor. La expectación era total. La mía también. Sin embargo, uno de ellos, algo más distraído, se había percatado de mi presencia detrás de la puerta. No me quitaba el ojo de encima, pero tampoco me asusté por ello.

“En todo momento hemos de suponer que se va a suspender la incredulidad de la gente y que van a estar predispuestos a creerse lo que tú vas a contarle. Ahora bien, hay que tener mucho cuidado, ya que esto supone un equilibrio muy delicado y si lo que llega a sus oidos o sus ojos no es coherente con el mundo que le estamos narrando, si nos comportamos de forma imprevisible, arbitraria o aleatoria vamos a romper el hechizo. Se pueden dar cuenta de que les estamos manipulando y entonces se rompería la magia”.

Aquél oyente distraído se levantó a coger una botella de agua. Tenía unos zapatos brillantes y algo de gomina en su cabello. Y en lugar de volver a su asiento, torció y se dirigió hacia mí. Sin decirme absolutamente nada, cerró suavemente la puerta, supongo que para que dejara de fisgonear. Vaya. Parecía bastante interesante, aunque no sabía de qué iba la reunión. Podían ser directores de cine de terror, novelistas de éxito o quizá dramaturgos noveles; no podía saberlo bien.

Por allí pasó entonces un celador del hotel, a quién pregunté qué tipo de jornadas se estaba manteniendo en esa sala, pero el chico sólo me pudo decir que me acercara al panel de información, que lo tenía justo al lado y ni me había dado cuenta.  El celador me preguntó a cuál reunión iba yo sin querer realmente una respuesta, ya que me señalaba el panel para que yo mismo hiciera el resto. “Encuentro anual de directores de recursos humanos”, le dije. “Ahí está”, me dijo señalando el panel, antes de dar media vuelta y marcharse.

En la primera sala, “Seminario de Filosofía: interpretaciones de la postmodernidad”, en la segunda, “Jornadas de Otorrinolaringología 2010″ y en la tercera “Nuevas estrategias para la auditoría contable”. Yo fisgoneé en la última sala del pasillo, así que aquella conferencia con la que estuve filtreando a escondidas debía ser la siguiente, la de la sala 4, que indicaba: “Encuentro Anual de Directores de Recursos Humanos”.

No daba crédito. Me volví deprisa hacia la puerta y, sin abrirla, pegué la oreja a ella, intentando agudizar lo posible para seguir escuchando lo que decía aquél hombre de amable locución.

“Cuando la gente paga la entrada por estar en la empresa está deseando participar de un engaño. Sabe que las situaciones de injusticia existen en las organizaciones y que a menudo no puede ser verdad lo desagradable que puede llegar a ser trabajar.  Muchas normativas incomprensibles, salarios incoherentes, jefes detestables, mentiras a proveedores y a clientes para que la empresa siempre salga beneficiada… Escenarios  ciertamente increíbles, sin duda. Sin embargo, la gente suspende su incredulidad y se someten a lo increíble, para poder disfrutar de la recompensa del status, el confort y la calidad de vida que te otorga el tener un trabajo. Y esa recompensa se le ofrece no sólo si asume todo aquello, sino que además sabe que tiene que rendir bien y cada vez más para mantenerse ahí. Todo vale por parte de la empresa, si no sobrepasa ciertos límites. Por eso ha de manetenerse muy bien el equilibrio de las historias que se narren, para que los empleados no noten la manipulación real a la que están siendo sometidos y sigan siendo partícipes de la Historia y la evolución de la empresa”.

Estaba inmóvil y mi cara algo descompuesta. ¿Un director de recursos humanos asumiendo que todo lo que se hace desde la empresa es un espectáculo para engañar al empleado para que así rinda más? En ese momento, el mismo celador al que le había antes preguntado, se acercó y me dijo. “Disculpe caballero. La reunión de recursos humanos es allí, en la sala 4″, señalaba al lado opuesto del pasillo en el que nos encontrábamos. “¿No es ésta la sala 4? ¿No es esta la última sala?”, pregunté algo tembloroso. “Están numeradas al revés, señor. Aquí hay un seminario de filosofía. Vaya allí porque creo que ya han empezado”.

Dejando atrás a los filósofos en su sala número 1, al final del pasillo, me acerqué a la sala 4, al inicio del mismo; pero, en lugar de entrar, continué andando. Quise subir a mi habitación, recoger la maleta e irme para mi casa en el primer tren que saliera de la estación. No. Di media vuelta y finalmente entré, saludé con falsa efusividad a otros colegas de profesión que conocía y me senté. El título de la ponencia, ya empezada, la leí en el powerpoint que se proyectaba: “Redes sociales y estrategias de vanguardia para la captación del talento”.

6 Comments

  1. Creo que todo el tiempo has estado en el lugar correcto…sin darte cuenta! Me encantó Saludos

  2. Interesante tu experiencia Nacho.
    Será, acaso, que no solamente el mundo de las imágenes puede manipularnos?
    Será que el mundo de las ideas también puede hacerlo?
     

  3. Hola Nacho:

    Yo creo que al final no te equivocaste pues en cierto modo lo que se trataba en el seminario de filosofía podía haber formado parte del seminario de Recursos Humanos.
    Un saludo

  4. ¿Filosofía? quiero pensar que pudieron pasar dos cosas: una, no oiste ni el inicio ni el final de la conferencia así que quizá el filósofo, ponente, estaba siendo sarcástico. Dos, y quizá la más probable, la filosofía vale para todo, incluyendo los recursos humanos, y si no, ¿cómo siquiera se te pasó por la cabeza que esa era tu conferencia?
    Muy bueno.

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