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Posted by on 28 dic, 2007 | 0 comments

Expectativas. El poder de nuestros deseos

Expectativas. El poder de nuestros deseos

Autor: Sergio Álvarez

Hace unos días, mientras explicaba en clase alguna teoría relacionada con la organización empresarial, y a partir de un comentario de uno de mis alumnos, volvió a salir de mí el “educador” que llevo dentro. Y en mi papel de transmisor de experiencias, percepciones y visiones de la realidad (en lo que al mundo laboral se refiere, claro) mi mente se disparó, saltó… y de repente me vi inmerso en una de esas salidas también llamadas “reality bites”.

Mi cerebro trabaja de esa manera, parece que se acerca más a lo malo que pueda pasar en un futuro y de esa manera, asegurar mi subsistencia. Se ve que mi mente se quedó en la edad de piedra, en lo que a evolución se refiere: o estabas preparado, o el animal que ibas a cazar te cazaba a ti.

Mi afán no era el de desmotivar, todo lo contrario.

Toda persona que me conoce, creo o espero que me vean como una persona enamorada y entusiasmada con el trabajo que realizo, con la vida profesional que he decidido seguir.
No sé por qué lo hago, supongo que porque siento algo parecido a la pena, mejor dicho a la sobreprotección, por estas personas jóvenes que formo en clase y que casi con toda seguridad se llevarán algún palo, y más de un simple “mal rato” cuando comiencen su trayectoria profesional. Por esto trato de evitarlo a través de una visión dura, pero aséptica del comportamiento de las empresas y los trabajadores que formamos parte de ellas.

Una vez metido en la explicación y justificación de por qué los empresarios tomamos una serie de decisiones, en muchos casos ejemplarizantes, en otros salomónicas, me di cuenta de que el brillo en los ojos de muchos mis alumnos se iba perdiendo. Comenzó a apoderarse de la clase un ambiente de tristeza contenida y desencuentro que me ha dejado pensativo, quizás hasta con sentimiento de culpabilidad.

Mi planteamiento es el siguiente (lo hago para mi, pero quizás a alguien también le pueda servir). ¿Por qué no dejar que mis alumnos, la gente con la que convivo, siga viviendo con las ilusiones que tiene? (¿Por qué no dejar de saltar y de dar mis gotitas de realidad?)
Está claro y la vida se suele encargar de vez en cuando de recordarnos que las cosas no son fáciles, que si algo puede salir mal, seguramente salga peor, como dice un tal Murphy.
Pero esta dureza de la realidad en muchas ocasiones no nos frena para que actuemos. Somos conscientes de que algo malo puede pasar, pero por ese motivo no dejamos de buscar nuevas experiencias, nuevas amistades, tener una mascota nueva, un hobby mucho más arriegado… Nuestra ilusión por encontrarlas, incluso por mantenerlas nos da una dosis de energía que nos mantiene en un punto de activación lógico y acorde con la búsqueda y consecución de nuestros retos, y de la vida que esperamos.

Si tratando de dar estas dosis de realismo y avisando a nuestros alumnos de los riesgos que van a sufrir en un futuro, estamos coartando o anulando ese punto de ilusión y expectativas positivas por el nuevo reto que se les presenta en la vida, el mundo laboral, y que tiene que ver con un tercio de su trayecto por esta carretera que se llama vida. Estamos consiguiendo un efecto secundario y totalmente contraproducente.

Dejemos que la gente se equivoque, que sufra con las malas experiencias… pero que siga manteniendo esa ilusión que hace que nos levantemos por las mañanas con ganas de ver lo que ocurre, dejemos que el mundo siga rodando.

Y por último y haciendo un guiño a la realidad política internacional, estaría bien que este artículo lo leyera ese dictadorcillo de latitudes tropicales y se dejara de buscar culpables, de transmitir miedo por el futuro, de “cuidar” de sus compatriotas (los que están de su lado, claro) de una forma tan paternalista. Y se diera cuenta de que la tierra, los países, las empresas… se mueven por la ilusión y el entusiasmo de la gente que las forma.

Así que visto lo visto, trataré de no hacerlo de nuevo. Pero si algún día mi inercia de persona crítica y realista me vuelve a jugar una mala pasada, no me dejéis hablar más, decídmelo sin miedo “Sergio, ¿por qué no te callas?…”

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