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Posted by on 6 ago, 2007 | 0 comments

Cuestión de narices

Cuestión de narices

autor:
Jonathan Ponce de Haro (alumno Master RRHH 06/07)Hace más de 10 años, en una tarde de verano me encontré con una situación desesperada. Rondaba los 13 años, y mi mente aún soñaba con los héroes de los tebeos. Jugaba en el jardín de mi barriada con un balón de fútbol, e intentaba realizar el mayor número de toques sin que el esférico cayese al suelo.

De pronto, un descuido y la pelota se aleja de mi pierna y queda suspendida en el aire durante centésimas de segundo; me acerco velozmente hacia ella y observo con curiosidad y ambición un columpio cuyos soportes son “claramente” una portería de fútbol que debo batir, antes de que el balón toque el suelo. El tiempo se detiene y mi pierna adquiere vida propia, golpeando el esférico con una fuerza que colmaba todas mis aspiraciones.
Hace más de 10 años, en una tarde de verano le rompí la nariz a una niña de unos cuatro años que se balanceaba tranquilamente en un columpio. El miedo se apoderó de mí, recé, grité, lloré, pero nadie pudo arreglar ese instante, no hubo vuelta atrás.El mundo empresarial es tan delicado como esa “nariz rota”. Hay que procesar la información y maniobrar con velocidad pero con sumo cuidado, porque cualquier paso mal dado es un problema que no se resuelve por arte de magia. Somos conscientes de que esta Sociedad requiere una velocidad de trabajo asombrosa, y eso no significa dejar de medir bien nuestros pasos. Sin embargo somos capaces de crear nuestros propios problemas, como si de un vicio se tratase. Debería colgarse un cartel en cada empresa donde se leyese: “Tratar mal a tus empleados, perjudica seriamente la salud de su negocio”. Pese a que frecuentamos esta sociedad del conocimiento, nos negamos a cuidar la salud de nuestras empresas, o en su caso, el trato hacia nuestros compañeros. Formar parte de una organización debería ser más que cumplir con una serie de objetivos.

Hay gestos y acciones que inevitablemente se “inyectan” en el contexto empresarial en forma de “mal rollo”, “pasotismo”, “desmotivación”. Una empresa es como la preparación de un pastel, tenerlo mucho tiempo al horno lo quema inevitablemente, y luego, ni rezos, ni santos, ni milagros, Dios no acudirá a nuestra llamada. Los buenos negocios se gestionan desde la claridad, sin dejar margen a la suerte. Una empresa funciona cuando los objetivos son claros, cuando las herramientas se conocen a la perfección, cuando la comunicación y el respeto surgen desde el inicio; Sin embargo, ¿nunca habéis tenido la sensación de decir algo y arrepentiros al instante?, es inevitable, el poder de las palabras es como el balón fluctuando por el aire en busca de la portería. No sólo las acciones nos hacen errar en el tejido empresarial, la comunicación es un pilar básico, y normalmente uno de los campos de batalla donde se echan a perder más negocios.

Comunicar también es saber escuchar, atender a las peticiones de los demás, ayudar en su caso, proponer, aconsejar. Humanizar el tejido empresarial es dotar de valor humano todas las variables que aparecen en el entorno. Un e-mail, una conversación, cualquier detalle, puede favorecer el funcionamiento del negocio, o suponer una traba, y después no tendréis noticias de Dios.

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