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Posted by on 15 jul, 2007 | 0 comments

¿Padeces de (in)competencia?

¿Padeces de (in)competencia?

Autor: Nacho Muñoz Vázquez

Como es verano casi que no nos acordamos. Pero todos hemos tenido gripe, o algo que se le parezca. Entra casi sin darte cuenta: tus compañeros de trabajo se mueven a una velocidad excesiva, no tienen frío; el ordenador no te comunica nada y, por tanto, no quieres comunicarte tampoco con él; en la calle, los coches y la gente se arrastra con pesadez, o igual eres tú el que te sientes pesado. Hay millones de mensajes dentro de tu cuerpo que no controlas que te invitan a la indiferencia. Quizá aún no te has dado cuenta de que tienes fiebre. A la noche, al acostarte, te has encogido con placer debajo de la manta y, a pesar de que mañana tienes un compromiso de los importantes, no te importa nada, como el resto de la realidad que te rodea.

Tres, cuatro, cinco días en la cama. Después, como por arte de magia (las varitas son los medicamentos) estás otra vez bien… bueno, normal. Haces un repaso a la semana y te sorprendes de la pasión que has puesto en esos días a placeres perecederos y absurdos: escuchar publicidad en la radio, mirar nada por la ventana, observar los pliegues de la mano durante largos minutos… No has hecho nada relevante y, de nuevo, te sorprendes cuando te inunda un soplo de complicidad y felicidad por esos días de alienación e indiferencia. Y me doy un poco de asco por tener esa sensación, la de percibirme conformado con no haber hecho nada y, lo peor, no haber tenido enormes impulsos por haber querido cambiar esa situación.

Cuando ya estás bien del todo resulta que un día te fijas en tu jefe, en los jefes de otras empresas, en ti mismo que eres jefe de otras personas -o de ti mismo-. Y resulta que, sin ser médico, has conseguido observar que todos ellos tienen síntomas similares a los que tuviste hace unos días. Todos intentan elevar a importante las cosas que no lo son -tú también-. Todos tratan de argumentar con destreza las debilidades propias, sin que se note que son tales, para reforzar las amenazas y quedarnos indiferentes ante la toma de decisiones arriesgadas -tú también-. El ordenador parece no comunicarte nada para crear en él algo nuevo. Las personas en tu empresa parece que pudieran moverse más rápido, pero no lo hacen. En la calle, los coches y la gente ya no se mueven con pesadez, sino a tu ritmo: el de querer llegar cuanto antes a un lugar más cómodo, en donde la indiferencia emerge porque sabe que ahí no estás en peligro.

Luego te sorprendes por la pasión que todos ponen -tú también-, en tareas (convertidas en placeres) profesionales poco productivas, en funciones desempeñadas que bien podrían haberse desarrollado muy cerca de la excelencia y que sólo parecen parches… en la indiferencia ante los compromisos importantes.

Y te cabreas. No quieres tener esta enfermedad y te cabreas. Bien, vale, hay que encontrar los medicamentos, la varita mágica que solucione por arte de magia todo esta epidemia inconsciente. Bien, vamos a decirle todo esto que está pasando a un compañero, al jefe, a tu colaborador, al socio de confianza, por si te quiere acompañar. “¿Uf, está muy lejos la farmacia?”, te preguntan algunos.

Espero que en invierno casi ni me acuerde de esto, porque se trate de un virus que trae el calor y las ganas de llegar a vacaciones.

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